Nota Huggies / Somos papás
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La maternidad te sorprende y te hace sentir de todas las maneras posibles. En esta nota, te contamos cómo una mujer puede pasar de la plenitud a la angustia, sin medias tintas.
Por Anabella Barajas
Me quiero mucho, poquito, nada. Mucho, poquito, nada. Así se manifestaban mis sentimientos. Pero no por una cuestión de indecisión. Yo no era una mujer sentada en la pradera con los pies descalzos, echada a la suerte y deshojando una margarita. Era una mujer que se convertía en mamá. Y hubo días en los que me quería, y hubo días en los que no tanto. Hubo (y todavía hay) momentos en los que mi autoestima me hacía sentir la mujer maravilla, poderosa y con un cuerpo divino, y hubo otros en los que me jugaba una mala pasada, y era más bien una hormiga escondida, defendiéndome de ser aplastada (¡y por mí misma!).
Creo que uno siempre cuenta con esos momentos, pero la maternidad los acentúa aún más. En el embarazo, los cambios hormonales tampoco ayudaron. Por eso, voy a empezar por el principio.
Test de embarazo: positivo. Minuto uno: alegría, emoción, lágrimas y regocijo. Minuto dos. Miedo. Nuestra vida cambiaría para siempre. ¿Y qué hago ahora? No sé si podré con todo esto. Nivel de autoestima: medio.
Luego empezaron las náuseas y los mareos. “Algo” se había apoderado de mi cuerpo. Estado: yo ya no soy yo. No puedo controlar lo que me pasa. Sin embargo, este estado convivía con otro, porque yo también era una reina. Mimos de mi pareja y de toda la familia y muchas caricias y alabanzas a mi incipiente panza, que abrigaba aquello que me había llevado a la corona.
Cuando los malestares se disiparon, la reina ganó todas las batallas y mi estado fue, en general, de Belleza y Bienestar. Y no se limitaba sólo a mi casa, sino también en mi trabajo, en la calle y en las colas, donde las personas, amablemente, me dejaban pasar y me conversaban acerca de los bebés y de todo tipo de mitos y verdades acerca de ellos. Nivel de autoestima: alto. Me siento divina.
Hacia el final del embarazo, la reina, con su elegancia y galantería, desapareció y legó su lugar a la mujer insomne y pesada, presa de los días que faltaban. Estado ¿por qué no puedo dormir? ¿Por qué a mis amigas se les adelanta el parto o tienen su bebé en fecha, y yo tengo que esperar y esperar? ¿Por qué no tengo ese presentimiento de que “hoy sucederá”? Con todas estas ideas dando vueltas, en los días previos al parto, mi autoestima cayó de repente.
Y al fin llegó aquel momento tan esperado por meses, y quizás por años. La tuve en mis brazos. Todo lo que me habían contado acerca de ser mamá resultaba insuficiente. Y no hablo sólo de los sentimientos de amor, sino de la desorganización, los tiempos de caos, los llantos sin razones aparentes y el cansancio. Estado: desconcierto total. No me alcanza el tiempo para nada. ¿Estaré haciendo las cosas mal? No puede ser que no tenga tiempo ni para bañarme. No sirvo para esto. Nivel de autoestima: Menos uno. Soy la mujer más insegura y menos paciente del universo. Además, ya no era una reina, sino que era la mamá de una princesa (que no es lo mismo).
¡Y mi cuerpo! Aún desordenado y desequilibrado, con tamaños y formas desconocidas hasta entonces, tratando de encontrar a la mujer que lo portaba. No fueron fáciles aquellos primeros tiempos. Todo se transformó, todo lo que creía conocer careció de validez alguna.
A medida que ella creció, la valoración acerca de mí misma también fue cambiando. Empecé a conocerla, a entenderla, a comprender sus mañas y sus ganas, y a compatibilizarlas con las mías. Y no es que ahora me sienta la mejor mamá del mundo. Para nada. Simplemente, cuando algo no sale como yo lo había proyectado (que ocurre con frecuencia), intento pensar que hago lo mejor que puedo, y que lo hago con todo el amor y dedicación posibles. Y con esto, mi autoestima mejora bastante.
Y a vos ¿cómo te trata tu autoestima desde que sos mamá? Contanos.
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